LA REBELION DE NICOLAS DE PIEROLA

Nicolás de Piérola y sus montoneros en 1895. Pintura: Juan Lepiani.

La rebelión de Nicolás de Piérola contra Andrés Avelino Cáceres

El general Andrés Avelino Cáceres inauguró su segundo gobierno el 10 de agosto de 1894, cuando los líderes opositores ya habían sublevado a varias provincias para derrocarlo violentamente. El gobierno suspendió las garantías individuales e impuso fuertes multas a los periódicos (El Comercio, El Callao) que informaban sobre los avances del principal caudillo rebelde: Nicolás de Piérola.

Don Nicolás de Piérola, procedente de Iquique (Chile), llegó de forma subrepticia a Pisco (24 -10-1894) para ponerse al mando de la Coalición Nacional, alianza que había formado los partidos Demócrata, Civilista y Unión Cívica. Al llegar a Chincha se autoproclamó “Delegado Nacional” y avanzó con su ejército de “montoneros” (milicianos mal armados, pero muy aguerridos) hacia Cañete y Matucana. En enero de 1895 instaló su cuartel general en Cieneguilla (al sur de Lima).

En Lima la situación se hacía cada vez más crítica. El presidente Andrés Avelino Cáceres aumentó los impuestos y recortó el sueldo de los empleados para reforzar al ejército. Encima, muchos ciudadanos eran acusados de conspiración y eran llevados a los calabozos. En el interior del país las fuerzas del gobierno detenían, torturaban y fusilaban rebeldes capturados. Mientras más crecía el odio contra Cáceres, más aumentaba la esperanza de que Piérola derroque pronto al tirano.

La noche del 16 de marzo de 1895, Nicolás de Piérola y sus tropas enrumbaron a Lima, donde estaban atrincheradas las fuerzas caceristas. Los primeros choques se produjeron en Barrios Altos, en la madrugada del día 17. Por la mañana, Piérola logró instalar su cuartel en la Plazuela del Teatro, a pocas cuadras del Palacio de Gobierno. La lucha fue muy sangrienta en todas las calles que dan acceso a la Plaza de Armas. Muchos vecinos pierolistas sacaron sus rifles para disparar sobre los caceristas desde sus techos y balcones, permitiendo que las tropas rebeldes ganen las principales calles del centro de la ciudad. En la mañana del 18 de marzo cerca de dos mil muertos y heridos cubrían las pistas y veredas de la capital. Y la lucha continuaba.

Por fortuna, aquel día Andrés Avelino Cáceres recibió al Nuncio Apostólico José Macchi, representante del cuerpo diplomático, quien lo convenció para que renuncie y marche al exilio. El monseñor lo dijo: “General, a usted hoy le odian hasta las piedras. No vale la pena que derrame más sangre. Aunque venza, ya usted no podrá gobernar”. Se firmó un armisticio y se formó una Junta de Gobierno integrada por dos caceristas, dos pierolistas y presidida por don Manuel Candamo (civilista), quien convocó a elecciones (Nicolás de Piérola fue el único candidato). Cáceres enrumbó a Buenos Aires y poco después viajó a Europa. Nunca más intentó ser Presidente del Perú.